Despedida

Tan sólo unas palabras para recordar a mi abuelo.

Como nieto, y nieto único, recuerdo un sinfín de cosas buenas, de anécdotas compartidas, de momentos y emociones. Pero quiero detenerme en su vida. Yo le admiré siempre por la vida que tuvo y la dignidad con la que la vivió y defendió sus ideales. Y fue su vida pero también fue una vida como la de muchos de los de su generación. Una vida difícil, dura, sin momentos para la duda o para el regalo, o seguías adelante o te quedabas. Son vidas que nos parecen de tiempos muy pasados, en este mundo en el que vivimos donde todo está perfectamente organizado, planificado, donde nuestras preocupaciones son pequeñas. Una vida vivida en un mundo que ya no parece el nuestro. Pero una vida con una dignidad y de una ejemplaridad que guían, que dan sentido en momentos de duda. Fue un hombre libre.

Nació un 30 de noviembre de 1916, en Zaragoza, en el Tubo. Europa se desangraba y, aunque vino al mundo frente al Pilar parece que eso no le marcó demasiado. Le marcó más un entorno familiar claramente de izquierdas. No se crió en Zaragoza. Su padre, José, ferroviario y socialista, participó en las huelgas del 17 y de un posible traslado a Vilanova, en Catalunya, donde veía un futuro mejor para sus hijos, fue enviado a Albacete. Imaginaros Albacete a principios del siglo XX: apenas un apeadero. Ahí se crió.

Decían sus maestros que el chaval valía para estudiar, pero en casa todos los brazos eran necesarios para comer, y aunque el padre, José, tuvo claro que todos los hijos debían saber leer, escribir y algo de números, a los 10 años puso a mi abuelo a trabajar como aprendiz en una carpintería. Si pequeño sería que le tuvieron que poner un cajón bajo los pies para que alcanzara a llegar a la mesa.

Se acordaba perfectamente del 14 de abril del 31, catorce años tenía, cuando la proclamación de esa República cuyo sueño le acompañaría toda la vida. También se acordaba perfectamente del levantamiento militar y el inicio de la guerra, esa puta guerra que arrasó este país y se llevó por delante una de sus mejores generaciones. Se alistó voluntario, como su padre también, y en agosto del 36, diecinueve añitos, un crío apenas, recibía un disparo en las sierras que rodean Madrid. Fue tasladado al Hospital Militar de la Calle Princesa, hospital que ya no existe hoy en día. Le extraerían la bala aunque le dejaron metralla dentro, metralla cuya marca aún hace apenas un mes, mostraba orgulloso a médicos y personal de la clínica donde le operaron.

Recuperado y con permiso, la República, aún espléndida, le agradeció con 500 pesetas. Se compró un reloj de oro (¡99 pesetas!), se hizo un traje a medida en un sastre de Albacete y compró un jamón. En qué empleó el resto ya no se acordaba. Pero la guerra siguió y le tocó volver al frente. Siempre al frente. En invierno del 37, en Teruel, ¡qué frío hacía! Cuentan que se llegó a 25 bajo cero. Mal vestidos, mal comidos, los pies congelados y las amputaciones iban a la orden del día. Un atardecer, harto, con un grupo de compañeros, se saltaron una orden y se fueron a dormir a un pajar que había entre las dos líneas. Ahí, caliente entre la paja. Y siempre dijo que fue la noche que mejor durmió en toda su vida.

Finalmente la guerra terminó. Para los perdedores fue derrota y castigo: fue enviado a África para realizar una segunda mili, en Ceuta. Después vuelve a Zaragoza unos años más tarde, donde conoce a la abuela, a Teresa, esta montañesa que apenas se dejaba coger la mano por un novio con ganas de más. Pero la posguerra fue casi tan dura como la guerra, y no abundaba el trabajo. Menos para un rojo. Así que, apenas terminada la 2a guerra mundial, con un compañero, decide pasar clandestinamente a Francia. Muchos conocéis la anécdota del paso por Llívia, ese enclave español metido unos kilómetros dentro de Francia. Salieron al atardecer de Puigcedrà, con lo puesto, y era poco porque era agosto, caminando recto por los campos, como les habían dicho, y al ver un mojón francés se creyeron a salvo. Un poco más adelante se echaron a dormir, tras un muro de piedra. Por la mañana les despiertan unas voces cercanas, miran por encima del muro y el miedo les invade al ver que eran dos guardias civiles. ¡Habían entrado en Llívia! ¿Qué había pasado? Salieron pitando por los campos, y más tarde, ya de nuevo en Francia, alguien les contaría lo ocurrido. ¡Menudo susto!

Con razón, él quería quedarse en el sur, por Toulouse, pero en la Francia del 48 no había trabajo allí, todo estaba destruido en el norte, cerca de Alemania, por la guerra, así que fue enviado muy, muy al norte, donde sólo llueve y hace frío, donde empezó a trabajar, donde finalmente la abuela se reunió con él y donde nació su hija, mi madre. Era un emigrante español en Francia, uno más, un republicano más, un derrotado más. Pero nunca hubo quejas ni lamentos, aceptó la vida que tenía delante con humildad y con dignidad. No había otra.

Yo siempre he sido del Barça, soy del Barça, y no entendía porqué mi abuelo era, digamos, ligeramente del Real Madrid. De crío nunca lo entendí, la verdad. Yo le preguntaba, él callaba. Luego, con los años, comprendí que un puto emigrante español en Francia, quizás nunca bien tratado y con pocos motivos para sentirse orgulloso de su país, del país del que había tenido que irse, por la puerta de atrás, quizás sentiría algo de orgullo al oir de las gestas del Madrid de Di Stéfano. Ese equipo que lo ganó todo. Quizás por ello fuera siempre un poco merengue, cuando lo entendí me puse en su piel y dejé de darle la vara con eso. Porque debía ser una de las pocas cosas por las que sacar algo de pecho de su país. Como cuando Bahamontes ganó el Tour, en el 59. Siempre se acordaba de eso.

Pocos sabéis que a punto estuvieron de emigrar a Australia. Había una campaña del gobierno australiano para atraer parejas jóvenes, para poblar el país. Les ofrecían casa, trabajo, un poco de tierra, una vida en definitiva. En Melbourne, siempre decía. Y él iba, él se lanzaba. Pero la abuela, maña, maña, maña, montañesa, tauro y tozuda, le preguntó que si volvería a España a ver los suyos. A Puértolas. ¿Australia en los años 50? No sé cuantos meses en barco… No. Si se iban era para no volver. Nunca más. “Pues te vas tu sólo”, le dijo la abuela. Así que se tuvieron que quedar en Francia, criar a mi madre, bajar unos pocos veranos a España y, ya a finales de los 60, cuando MariÁngeles fue mayor de edad, regresar definitivamente a España, instalándose en Barcelona.

A partir de ahí, los últimos años de trabajo en España, Craywinckle, Rubens y por fín una jubilación merecida, en paz, muy larga, aunque no lo bastante como para que su país le haya podido devolver y sobretodo agradecer la entrega y el sacrificio que él le dedicó. Tuvo calidad de vida, en su vejez. Hasta no hace mucho todavía decía que, siguiendo como estaba, él quería llegar a los 100. Pues poco te ha faltado, abuelo…

Pude despedirme de él. Tuve la immensa suerte de poder hacerlo. No lo pude hacer en otra ocasión y agradezco no sé a quién haber tenido esta oportunidad.

Fue apenas un dia antes de apagarse, cuando ya le costaba articular palabras comprensibles, cuando casi casi ya no era él. Me acerqué un momento para despedirme, pues tenía que irme a trabajar. Me senté delante suyo, le pregunté como estaba, él negaba con la cabeza y con la mano. Le dije que me tenía que ir, y entonces se le entendieron perfectamente las palabras: “tu tienes que hacer tu vida”, me dijo. Le brillaron los ojos, le cogí la mano, pudimos hablar un poco, muy poco, pero lo justo. Y cuando sus labios temblorosos se acercaron a mis mejillas, entonces fui perfectamente consciente del momento. De ese momento preciso. Un momento lúcido, un momento único. Que queda incrustado en la memoria. Un auténtico regalo. Te quiero. Descansa.

En la Plaça Sant Jaume, de Barcelona. Celebrando el 14 de abril. Año 2013.

En la Plaça Sant Jaume, de Barcelona. Celebrando el 14 de abril. Año 2013.

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4 respuestas a Despedida

  1. Emoción viva, recuerdo, eso queda. Un abrazo.

  2. Entranyable Marc…. I molts punts en comú amb la vida del meu pare, nascut al 1915… joventut destrossada, emigració a França… La diferència, malauradament per mi, és que el meu pare no ho va arribar a superar mai… 😦

  3. S dijo:

    Preciós…..

  4. Àngel Eliaa dijo:

    Marc, amb el teu escrit de vivències h’ acomiads del teu avi, traspues una gran sensibilitat.
    Una forta abraçada

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