Las horas canónicas u ocho momentos de marzo: Tercia

Me enfrentaba a la primera gran etapa. Cerca del centenar de kilómetros para acceder del Camp de Tarragona al Priorat superando evidentes dificultades toponímicas. Qué fácil se ve en un mapa. Primer día fuerte, primera gran mutación de paisaje, primeras cuestas. Casi 40kilómetros de subida constante. Me ha costado despedirme de Vilabella: Magí, Romà e Irek me han regalado tres superdibujos que me acompañarán parte del viaje. Romà, valiente, me acompaña en bici hasta la salida del pueblo, y yo deshago la carreterita hacia Bràfim. Fuerte viento desde Vilabella hasta que alcanzo el aiguabarreig industrial de La Riba (tras fugaz paso por Valls) donde paro a picar algo antes de empezar a subir de verdad.

t1Magí, Romà, Irek

El día de los cielos, así es como catalogué las fotos de esa jornada de viento y nubes alucinantes. No recuerdo volver a gozar de un día con unos cielos tan sobrecogedores hasta que alcancé el corazón de Castilla la Vieja. A partir de La Riba, muchos tramos en plato pequeño y a menudo de pie por una carretera discretísima remontando el río Brugent, de curvas cerradas, salpicada por masías abandonadas, muros de piedra seca y bosques verticales. Una fuente aquí, un bloque de granito allí, me adelanta un viejo Dyane a manos de un abuelo… pero lo que impera es el silencio del viento.

Así es el paisaje en Farena, donde parece que termine la carretera, en Capafonts (un pueblo realmente aislado) y hasta Prades, una de las entradas al Priorat y rozando los 1.000mts de altitud. Apenas entro en el pueblo tocan las cinco. El sol desciende rápido y hace frío allá arriba. Aún me faltaba un buen trecho. Me cubro con casi toda la ropa de la que dispongo y me lanzo a toda pastilla hacia el collado de l’Albarca y Cornudella. A estas alturas, ya sé manejar adecuadamente el peso de la bici, y la estabilidad de las alforjas en bajada. Había elegido la carretera que sube hasta la Morera de Montsant: en mi imaginario tenía ganas de bajar a toda leche por esa carretera demencial de placas de cemento hasta Escaladei, pero llego a la Morera casi a las siete de la tarde y anocheciendo. No disfruté nada la bajada. Las manos se me congelaban y sufría por poder controlar los frenos. Tanto peso no hace más que empujar hacia abajo y se me estaban agarrotando los dedos. Los de las manos (con doble guante), porque los de los pies ya hacía rato que no los sentía. Ni me entero de como llego a la Vilella Baixa, en plena noche y con las luces parpadeando. La última subida hacia Gratallops, de apenas 3kilómetros y guiado allá arriba por la sombra de Buil&Giné, fue agotadora, agarrotado como estaba. Al fín, alcanzado el pequeño collado y al ver las luces de Gratallops tan cerca, tras más de 95kilómetros, casi seis horas pedaleando y en el frío y oscuridad de la noche, lancé un suspiro de alivio. La hospitalidad con la que me recibió mi amigo Fredi, el fuego encendido, esa ducha (¡esa ducha!), la copa de vino y el plato caliente fueron el mejor oasis del mundo.

t2Cielo en Vilabella

t3Cielo remontando el Brugent, cerca de Farena

t5Cielo en Capafonts

t6Cielo en les Muntanyes de Prades

t7Cielo en el Priorat (prometo ir desinstagramizando algunas fotos).

t8Paso fugaz por Escaladei, ya de noche y medio congelado

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